Corrían entre
los bancos. El sacristán los miraba de
reojo. Eran pioneros en pedir un dólar a los turistas, todavía escasos. La
madre, embarazada, los recogía al caer la tarde. Ellos, contentos, le mostraban
lo conseguido. La madre tomaba las monedas, los billetes de un dólar, pero
dejaba a sus legítimos dueños los
caramelos y los chicles que habían sobrevivido al hambre.
Los dos se
despedían con un desenfadado “hasta
mañana”.
El sacristán a
veces piensa en ellos.
Aquellos niños,
pícaros y pobres, ahora deben ser hombres.

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