16 de febrero de 2014

Mendigos



Corrían entre los bancos. El sacristán los miraba de reojo. Eran pioneros en pedir un dólar a los turistas, todavía escasos. La madre, embarazada, los recogía al caer la tarde. Ellos, contentos, le mostraban lo conseguido. La madre tomaba las monedas, los billetes de un dólar, pero dejaba a sus legítimos dueños  los caramelos y los chicles que habían sobrevivido al hambre.

Los dos se despedían  con un desenfadado “hasta mañana”.

El sacristán a veces piensa en ellos.
Aquellos niños, pícaros y pobres, ahora deben ser hombres.



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