16 de febrero de 2014

San Cristóbal


Parecía un luchador grecorromano,  dos siglos antes cercenaron la imagen para hacerla más pequeña y no chocara con los baldaquines de los comercios al salir en procesión. Cercenado el gigante, apareció en su interior un pliego del escultor sevillano Martín de Andújar pidiendo misas por la salvación de su alma.  Al poco tiempo del hallazgo se celebraron  las misas en el Cabildo y San Cristóbal ya no tropezó más con los baldaquines de los comercios.

Para los creyentes no importaba que el Santo Patrón de la ciudad luciera tan singular apariencia. Ellos continuaron con sus promesas; permanecían un rato al pie de la imagen y se retiraban sin dar la espalda. Le dejaban flores, exvotos y ocasionales manzanas. Unas manzanas rojas muy pequeñas, que vinieron quizás un par de veces en los años ochenta.

En las postrimerías del milenio le devolvieron a San Cristóbal su original tamaño, con la demora de hallar árbol propicio en una isla donde escasean los sueños y los árboles.

La Hermanas del Amor de Dios  hicieron una túnica roja y azul para la imagen restaurada; Cristo es un niño que mira el cielo, desde el hombro bizarro del gigante.


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