Parecía un luchador grecorromano, dos siglos antes cercenaron la imagen para
hacerla más pequeña y no chocara con los baldaquines de los comercios al salir
en procesión. Cercenado el gigante, apareció en su interior un pliego del
escultor sevillano Martín de Andújar pidiendo misas por la salvación de su
alma. Al poco tiempo del hallazgo se
celebraron las misas en el Cabildo y San
Cristóbal ya no tropezó más con los baldaquines de los comercios.
Para los
creyentes no importaba que el Santo Patrón de la ciudad luciera tan singular
apariencia. Ellos continuaron con sus promesas; permanecían un rato al pie de
la imagen y se retiraban sin dar la espalda. Le dejaban flores, exvotos y
ocasionales manzanas. Unas manzanas rojas muy pequeñas, que vinieron quizás un
par de veces en los años ochenta.
En las
postrimerías del milenio le devolvieron a San Cristóbal su original tamaño, con
la demora de hallar árbol propicio en una isla donde escasean los sueños y los
árboles.
La Hermanas del
Amor de Dios hicieron una túnica roja y
azul para la imagen restaurada; Cristo es un niño que mira el cielo, desde el
hombro bizarro del gigante.

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