El párroco daba una lata de conservas al sacristán con la encomienda de que fuera entregada al mendigo. Este hombre se acercaba a la verja de la Capilla del Sagrario los martes y los jueves para pedir limosna, tenía un aspecto lastimoso y una barba muy larga que completaba su figura. El sacristán, al entregar las latas de conservas, verificaba el recurrente aliento etílico del mendigo.
Un día el
sacristán le preguntó con firmeza al párroco: ¿Por qué le da a usted
conservas a ese mendigo? El mendigo lo
engaña y vende las latas de conservas para beber.
El párroco no le respondió, ni se enojó con la pregunta
y siguió su rutina sin inmutarse, pero en la misa de aquel martes expresó la idea
de que las puertas del cielo, por paradójico que parezca, pueden abrirse con la
picardía de un mendigo o cerrarse, con
las certezas de un sacristán.
El sacristán no quedó
muy conforme con aquel sermón del que se sabía primer destinatario, pero
tampoco se enojó con el párroco. Quería como a un padre a aquel sacerdote, reservado
y parco en afectos, espiritual y sabio.
Este sacerdote
murió inesperadamente, su muerte provocó una gran conmoción entre los
feligreses. Aquellos que no lo conocían se asombraron por las muestras de
duelo, no era el típico cura popular, ni famoso.
Con el tiempo,
el sacristán se ha visto alguna vez en la piel del sacerdote y en la del mendigo, ha comprendido de este
modo muchas de las cosas que su párroco intentó enseñarle. Entre todas las
lecciones recuerda, con especial afecto,
el sermón de aquel martes. Ya no tiene la menor duda de que el párroco hacía
bien en dar, cada vez que podía, una lata de conservas al mendigo.

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