por Eduardo Mesa
A Sor Victoria se le iluminaba el rostro
cuando cargaba a un niño, tenía la capacidad de recibir a cualquier niño como
una madre. ¿Cuántos ahijados tendrá Sor Victoria en la Habana Vieja? Sólo Dios
lo sabe. Sólo Dios sabe a cuantos salvó de la miseria, de la prostitución, del
alcohol, de las drogas, del aborto. Sólo el Padre Eterno puede llevar la cuenta
de las personas que lo han encontrado gracias a ella.
Era feliz Victoria, con qué feliz
serenidad vivía. Hace unos meses estuvo en casa, pasaba por Miami camino a
California por asuntos de la Congregación. La persona que debía hospedarla
había sufrido un grave contratiempo en su casa y me pidió el favor de recibirla
en la mía. Pero recibir a Victoria en nuestra casa era un regalo. Qué alegría
tan grande tenerla con nosotros por unos días. Qué bendición para nuestra familia
su sola presencia, qué detalle de Dios
al permitirme retribuirle mínimamente tanta bondad recibida.
Victoria tenía un profundo sentido de la
justicia, su trabajo asistencial se fundamentaba en mostrar al prójimo la
dignidad arrebatada o perdida. Por su casa y por la oficina que abrió en el
Arzobispado desfilaron millares de personas con las necesidades más diversas.
Victoria ayudó a muchas de aquellas personas, quitándose con frecuencia lo poco
que tenía para sí misma.
El bien que hizo, el amor que dejó entre
nosotros como expresión precisa de su bondad no se perderá en el tiempo. Y si
la humanidad es hoy un poco mejor se debe a personas como ella.
Victoria quería regresar a Cuba, la
habían elegido Provincial con residencia en México y fue reelecta para este mismo
cargo con posterioridad, pero ella deseaba que fuera este el último mandato y
regresar al vecindario bullicioso de la Habana Vieja, a la Catedral y al
Arzobispado. Todo esto lo vivía con gran sosiego. Victoria era obediente, sabía
que la obediencia en la vida consagrada es sinónimo de disponibilidad y aunque
podía discrepar de algunas decisiones, su disponibilidad era inmensa. Había
experimentado que estar disponible a la voluntad de Dios, a pesar de los
criterios y deseos propios, la hacía más libre.
Hoy Victoria es más feliz que nunca, en
la presencia del Bien Supremo, de la Bondad Suprema, de la Verdad a quien quiso
darse y yo estoy triste en esta orfandad que les confieso. Sé que intercede ya por nosotros; sé que me
ayudó siempre y nos ayudará ahora. Sé que vendrá a mi encuentro cuando llegué
la hora.
(Foto tomada de Palabra Nueva)
