Los Mata llegaron a la cuadra en los
setenta, vivían con su padre que los crió él solo, en mi casa hubo siempre una
extraña vocación de adoptar a la gente y los nuevos vecinos fueron adoptados. A
partir de las seis de la tarde, cuando comenzaba la televisión, ellos
rellenaban los huecos de la pequeña sala y se quedaban hasta que terminaba la
programación.
En aquel entonces yo tenía cuatro o
cinco años y los Mata, a pesar de ser mayores que yo, todavía eran niños. Un
mal día llegó la hora del servicio militar para el mayor de los Mata, después
de varios meses de estar en la unidad el teniente de guardia le dio un pase de
fin de semana. Esa noche llegó una inspección y el teniente dijo que los
ausentes se habían fugado, algunos se callaron, pero en el juicio Mata le metió
un bofetón al teniente, cuatro años pasó en el “Pitirre” y su vida cambió.
Cuando cumplí los quince los Mata
controlaban el barrio, en su casa podías conseguir cualquier cosa, desde un
revólver a una grabadora. Tenían un tiro permanente de “lager” que frecuentaban
todos los personajes del barrio, también pasaban a beber cerveza el jefe de
sector y otros oficiales del “operativo”. Una vez necesité un colchón -el mío
era anterior a la Edad Media- y conversé el asunto con los Mata, pagué cincuenta
dólares y a los dos días tenía el colchón de la shopping en casa, me la
trajeron dos policías de uniforme. No lo podía creer, pero los guardias me
llevaron el colchón hasta la puerta.
En casa de los Mata solía refrescar la
sed Panchita, la presindenta del CDR que te avisaba un par de días antes si
tenías un registro. Panchita era buena gente, yo le escribía los comunicados
para las efemérides, era lo menos que podía hacer por ella. El Chino también
era habitual del tiro de “lager” de los Mata, los rollos de billetes del Chino
parecían ruedas de camión, en ese entonces era administrador de una fábrica de
muebles, cuando necesitaba algún dulce para las fiestas de la catequesis se lo
decía al Chino, entonces él me daba un papelito y yo iba a ver al administrador
de alguna dulcería que me daba los dulces y ni siquiera me los cobraban.
Mi madre no quería que fuera a casa de
los Mata, pero yo me escapaba de su control y los visitaba. Ella sabía que el
tiro de “lager” de los Mata tenía también su lado tenebroso, allí bebían tipos
que eran asesinos, marihuaneros, gánsters de muy diversa índole y especie,
cuando había gente así los Mata me hacían señas de que debía marcharme.
Una noche se me hizo tarde en aquella
casa, conversaba con el jabao Mañaña, internacionalista en los 70, marinero de
la flota del Golfo en los ochenta y palero confeso en el inicio de los años
noventa; los cuentos de Mañaña me hicieron olvidar el reloj, eran más de la
una, ya me iba, cuando tocaron con fuerza a la puerta.
Después de las debidas precauciones le
abrieron, era un muchacho rubio, que se había mudado a la cuadra hacía poco. Lo
llamaban por el apellido, siempre fue muy callado, le compró un cuarto en el
solar al hermano del Pollo, tenía algún negocio, entraba y salía. Los Mata lo
saludaban con respeto, era evidente que se conocían.
Esa noche el muchacho traía la camisa
empapada de sangre, se dejó caer en el viejo sofá de los Mata y alguien le
acercó un trago. Encontró a su mujer con otro tipo, en la casa que le tenía
puesta en un reparto, lo mató a él primero, después la mató a ella, tiró el
cuchillo por el hueco de una alcantarilla y salió a caminar. El mayor de los
Mata se lo llevó aparte y estuvieron bebiendo hasta que los gallos que la gente
cría en los edificios comenzaron a cantar. Luego lo acompañaron hasta la
estación de policía en dónde se entregó. Mi madre nunca supo de esta historia,
ni de ninguna otra, no era necesario que se enterara, a ella de ningún modo le
gustaba que me metiera en casa de los Mata.
El bronce vale y otras crónicas
El bronce vale y otras crónicas
Editorial Silueta, 2011

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