Querido Padre Carlos todavía recuerdo aquella tarde en que fui a verte a la Iglesia del Santo Ángel con mis escritos mecanografiados en justa equivalencia de borrones y letras. Miraste aquel legajo y sonreíste “lo leeré con calma, pero te aviso que yo no soy crítico, sólo puedo decirte si me han gustado o no”. No te gustaron, con toda razón, mis primeros embates literarios.
Tenías paciencia
para escuchar y después de aquel día no recuerdo cuantas veces habré hablado
contigo, conseguías que me quedara con la esperanza de una gesta que aún no era
la mía: esa pasión por Cuba y por la Iglesia que nos dejaste a muchos. Sí Padre
Carlos, porque si quiero a Cuba en gran medida te lo debo a ti, de otra manera
no la querría, nadie en su sano juicio se enamora de lo que vive como una
pesadilla. Sin embargo, tú conseguiste que la casa en ruinas, la casa con la
gente separada por el odio se proyectara en nuestras pupilas como el hogar
posible, como la Casa Cuba que un día construiríamos a fuerza de soñarla. Hoy, soy
menos optimista, pero sigo creyendo que alguna vez tendremos esa Casa, no por dádiva
de aquellos que tanto mal han hecho, sino porque es lo justo y porque mientras
haya maestros como tú, habrá cubanos dispuestos a soñar la justicia.
Hoy quiero
agradecerte Padre Carlos tu amistad y cercanía, cuando me vi tan solo, tan
cansado y tan triste que decidí
marcharme. Siempre tengo presente las gestiones que hiciste por mí ya en el
exilio y guardo con cariño aquella carta de recomendación que me enviaste con
la Hna. Victoria. Ahora ya sabes que te tengo presente, que en casa a cada rato
hablamos de ti, de tus charlas en las convivencias que nos abrían los ojos a
un mundo diferente, de los coloquios de sillón que nunca se hacían largos a
pesar de que teníamos la edad de la impaciencia. Tú eres parte importante de un tiempo en que
crecimos, en que fuimos mejores y esperamos contra toda esperanza.
En Madrid Gilda y
yo disfrutamos tu compañía las veces que te vimos, ibas vestido con dignidad
pero tus ropas y zapatos se veían gastados por el uso, quedando el señorío del espíritu
a salvo. Nos tocó un tiempo duro Padre Carlos
y tú fuiste pastor, intelectual, político, hombre de estado, mescolanza para buscar el bien posible, para salvar lo
salvable en el difícil oficio de hombre puente. No sabremos juzgar esta época hasta
que pase el tiempo, pero hoy es día de agradecimiento y no de reproches, los que
tengo los dejo para cuando te encuentre en la casa del Padre Eterno, si es que
acaso merezco estar en su Presencia.
Gracias por el
sacrificio de quien pudo vivir mejor en cualquier parte y se quedó en Cuba con
los que no estábamos en condiciones de huir, ni de luchar; gracias por la
bondad cotidiana, por la compasión práctica. Esas actitudes también son parte
de tu legado, acompañaban al hombre que buscaba
un rastro de bondad en todos los hombres e intentaba, como decía Ferrara, sacar
el bien del mal, que es obra de los fuertes. Es por eso que también te
agradezco la claridad del Bien que me hace aborrecer el despotismo, el crimen de los tiranos y sus cómplices, esos que se
creen fuertes pero que no lo son y tiemblan como damiselas ante la muerte.
Quiero pedirte
que ante tanto deleite de Bondad, Verdad y Belleza no te distraigas de los que aquí
quedamos y mires por nosotros. La Casa Cuba todavía tiene chance de ser casa de
todos, aunque el tiempo de los pueblos, como el de los hombres, no es eterno. Échanos
una mano Padre Carlos, que el tiempo apremia y que esté listo el té que
beberemos con amigos comunes, a las cinco de la tarde en tu despacho, en la loma
del Santo Ángel.
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