Ha muerto en España el dirigente comunista
Santiago Carrillo a la edad de 93 años. En sus apariciones públicas lucía como
un abuelo bonachón o el típico viejete divertido que se bebe una caña en un bar
de Madrid. A pesar de su imagen, mimada por los unos y los otros, el simple hecho de ver a Santiago Carrillo en el televisor
me provocaba cierta inquietud.
Puede decirse a su favor que fue un
sinvergüenza pragmático, en esa transición que asombró al mundo ahorró la
sangre de los suyos y la de todos. No lo hizo por bondad, pero el sentido común es algo bueno a pesar
de nosotros y Santiago Carrillo garantizó la supervivencia del PCE en la
democracia que se avecinaba. Dicho sea de
paso, también logró que se pasaran por alto sus innumerables deudas con la
justicia. Gracias a muchas voluntades que se movieron en el sentido correcto llegaron
tiempos mejores para España y el mal humor del comunismo se disolvió en el
estado de bienestar. “Los Rojos” ahora
son una secta condenada a encontrar una identidad nueva, con el inconveniente
de que la maldad no puede deshacerse de sí misma.
Con Santiago Carrillo muere el último
estandarte del comunismo internacional, el camarada de la vieja guardia leal a
Moscú, el penúltimo cacharro de la
Guerra Fría. Le sobreviven el heterodoxo camarada Fidel y su hermano Raúl, definición
que en la práctica resulta una entidad.
Hoy, cuando algunos malgastan los recursos de
la Iglesia Católica en publicar debates sobre el “pasado, presente y futuro de la Revolución”,
yo me pregunto por qué recordaremos a
Fidel y a Raúl, por qué recordaremos a esa pesadilla que a falta de otro
denominador común continuamos llamando Revolución. Busco en cualquier etapa de
este largo camino algún bien por el Bien y sólo encuentro el mal, profundo y
sistemático, que han hecho a la nación en cada uno de nosotros.
Quizás lo único bueno que nos depare la
Revolución es la certeza de que ha sido un mal. Como el olvido es una forma de sobrevivir,
un día venturoso será arrinconada en la
memoria colectiva que identifica y rechaza cualquier subversión o revolucionario de
oficio. Fidel y Raúl, que no tuvieron un
ápice de compasión con su pueblo, que no
intentaron el bien común ni siquiera como estrategia de supervivencia, compartirán
este destino de olvido que recuerda.
A diferencia de un personaje como Carrillo, Fidel
y Raúl no contribuirán a una transición
que asombre al mundo. Ellos tratan la
historia como si esta les perteneciera y en componenda con sus herederos eternizan el tira y afloja represivo
sin dar espacio alguno a la posibilidad de un cambio auténtico.
Los españoles consiguieron superar su pasado
desde la concordia; a nosotros el castrismo, con su ejercicio de cinismo
constante, nos va acercando a la posibilidad de que la solución se vislumbre en
el camino de la violencia. Con frivolidad “Mariegénica’ se burlan de nuestros compatriotas en la Isla
y de todos los cubanos, olvidan que ninguna policía política ha logrado
conjurar del todo la hora del cansancio final, peligroso preámbulo de la ira y
de la muerte.
Ha fallecido Santiago Carrillo en este mes de
Septiembre, que otros lloren su muerte, ojalá haya dispuesto con tiempo
suficiente su conciencia ante Dios, si es que creía en Él.
De Fidel, Raúl, herederos y cómplices aún no sabemos el final, a estas
alturas es bastante improbable que se conduzcan con generosidad. Cuando el mundo conozca la magnitud de sus
crímenes conseguirán que la humanidad sienta por ellos un hondo asco moral,
para muchos cubanos no es necesario que les llegue el fin, ese asco por lo que
representan lo sentimos ya.
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