3 de octubre de 2012

Crónica de Septiembre

por Eduardo Mesa

Ha muerto en España el dirigente comunista Santiago Carrillo a la edad de 93 años. En sus apariciones públicas lucía como un abuelo bonachón o el típico viejete divertido que se bebe una caña en un bar de Madrid.  A pesar de su imagen,  mimada por los unos y los otros, el simple  hecho de ver a Santiago Carrillo en el televisor me provocaba cierta inquietud.
Puede decirse a su favor que fue un sinvergüenza pragmático, en esa transición que asombró al mundo ahorró la sangre de los suyos y  la de todos.  No lo hizo por bondad,  pero el sentido común es algo bueno a pesar de nosotros y Santiago Carrillo garantizó la supervivencia del PCE en la democracia que se avecinaba.  Dicho sea de paso, también logró que se pasaran por alto sus innumerables deudas con la justicia. Gracias a muchas voluntades que se movieron en el sentido correcto llegaron tiempos mejores para España y el mal humor del comunismo se disolvió en el estado de bienestar.  “Los Rojos” ahora son una secta condenada a encontrar una identidad nueva, con el inconveniente de que la maldad no puede deshacerse de sí misma.
Con Santiago Carrillo muere el último estandarte del comunismo internacional, el camarada de la vieja guardia leal a Moscú,  el penúltimo cacharro de la Guerra Fría. Le sobreviven el heterodoxo camarada Fidel y su hermano Raúl, definición que en la práctica resulta  una entidad.
Hoy, cuando algunos malgastan los recursos de la Iglesia Católica en publicar debates  sobre el “pasado, presente y futuro de la Revolución”,  yo me pregunto  por qué recordaremos a Fidel y a Raúl, por qué recordaremos a esa pesadilla que a falta de otro denominador común continuamos llamando Revolución. Busco en cualquier etapa de este largo camino algún bien por el Bien y sólo encuentro el mal, profundo y sistemático, que han hecho a la nación en cada uno de nosotros.
Quizás lo único bueno que nos depare la Revolución es la certeza de que ha sido un mal. Como el olvido es una forma de sobrevivir,  un día venturoso será arrinconada en la memoria colectiva que identifica y rechaza  cualquier subversión o revolucionario de oficio. Fidel y  Raúl, que no tuvieron un ápice de compasión  con su pueblo, que no intentaron el bien común ni siquiera como estrategia de supervivencia, compartirán este destino de olvido que recuerda.
A diferencia de un personaje como Carrillo, Fidel y Raúl  no contribuirán a una transición que asombre al mundo.  Ellos tratan la historia como si esta les perteneciera y en componenda con sus herederos  eternizan el  tira y afloja represivo sin dar espacio alguno a la posibilidad de un cambio auténtico.
Los españoles consiguieron superar su pasado desde la concordia; a nosotros el castrismo, con su ejercicio de cinismo constante, nos va acercando a la posibilidad de que la solución se vislumbre en el camino de la violencia. Con frivolidad “Mariegénica’  se burlan de nuestros compatriotas en la Isla y de todos los cubanos, olvidan que ninguna policía política ha logrado conjurar del todo la hora del cansancio final, peligroso preámbulo de la ira y de la muerte.
Ha fallecido Santiago Carrillo en este mes de Septiembre, que otros lloren su muerte, ojalá haya dispuesto con tiempo suficiente su conciencia ante Dios, si es que creía en Él.
De Fidel, Raúl,  herederos y  cómplices aún no sabemos el final, a estas alturas es bastante improbable que se conduzcan con generosidad.  Cuando el mundo conozca la magnitud de sus crímenes conseguirán que la humanidad sienta por ellos un hondo asco moral, para muchos cubanos no es necesario que les llegue el fin, ese asco por lo que representan lo sentimos ya.

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