20 de febrero de 2011

La pena de muerte en Cuba

Por Eduardo Mesa
http://www.lacasacuba.com/

Trabajaba en los almacenes de una base de transporte del Ministerio Azúcar cuando comenzó el juicio del general Ochoa, los hermanos La Guardia y los otros militares, recuerdo los testimonios de culpabilidad más o menos creíbles, la expresión de Ochoa, mitad escéptica, mitad cínica, recuerdo el desempeño de rottweiler del fiscal Escalona, pero sobre todo recuerdo que el pueblo no quería que los mataran.

¿Cómo íbamos a matar a los héroes de Etiopía y Angola, a los David con música de Vitier, a los santones de una sociedad impoluta? La gente entendía que serían castigados, pero no que los matarían, eran héroes hasta ayer por la tarde y la revolución se decía magnánima.

Pero los mataron, y la noticia de que habían sido condenados a muerte nos sorprendió a todos. Fueron días difíciles para los cuadros y los militantes, que andaban apesadumbrados porque los que morían eran ellos.

Fidel Castro mató con Ochoa al último héroe, la ultima ilusión de los ilusionados. Desde entonces, la pena de muerte no apunta a los opositores, ni a los infiltrados, ni a los que han puesto bombas según ellos. La pena de muerte es para los fieles que traicionan, para los que vaticinan reformas, para los pies y brazos de una revolución errante que bordea el precipicio. La pena de muerte continúa vigente como herramienta útil para la supervivencia del régimen; visible, aunque nadie la use, como la metralleta de los matones.

Los Castro tienen una moratoria de hecho sobre la pena máxima, una realidad que nos alegra porque la vida siempre es una, pero esta moratoria no ha sido formulada de forma legal, es por tanto un frágil compromiso, una entre tantas promesas y palabras.

La pena de muerte es injusta en Cuba, en Estados Unidos, en China o en Irán. Un grupo de cubanos estamos proponiendo que se derogue definitivamente en nuestra patria, aunque nos gustaría su fin en todas partes. A la Plataforma por la Abolición de la Pena de Muerte en Cuba ahora, mañana y siempre la han apoyado con su firma un centenar de personas, representativas de muy diferentes orientaciones políticas.

La vigencia de esta pena en el código penal cubano funciona como la más peligrosa amenaza y refuerza el inmovilismo de los que quieran propiciar el cambio en las filas castristas. Y es que ese militante comunista, ministro, general de las FAR y del MININT, compositor o gerente sabe que corre el peligro de caer ante las balas si se descubre su apuesta por la libertad, la prosperidad y el futuro.

La pena de muerte debe ser abolida por el bien de la nación cubana, para que nadie la utilice, ni hoy, ni mañana, como arma política, como coartada para la venganza.

Raúl Castro no se decide abolir la pena máxima, aunque no están las cosas para condenas a muerte y proclamar la abolición es como entregar un revólver marcado que ya no sirve para cometer impunemente un crimen. La derogación de esta pena sería saludada por la oposición, por las cancillerías de occidente y por líderes religiosos del mundo entero; no está de más decir que contribuiría a crear una percepción de confianza que el país necesita y que resultaría muy provechosa para el fomento de las inversiones y el turismo, pero a pesar de esto, el viejo general no se decide.

Si los cubanos exigiéramos la abolición de la pena de muerte actuaríamos como ciudadanos,  que desean la vida como piedra angular de su futuro. Si Raúl Castro se decidiera a realizar las reformas que el país precisa actuaría como un líder, pero a un señor que ha participado por cincuenta años de un poder absoluto, la libertad debe parecerle una cosa muy ajena. La pena de muerte continúa vigente aunque no se utilice por el momento. La Plataforma por la Abolición de la Pena de Muerte en Cuba ahora, mañana y siempre es un hecho. El general que mató a sus amigos se esconde de este tiempo, y no se atreve a dar la cara al día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario