17 de febrero de 2010

Crónicas de la República de Cuba

Por Eduardo Mesa

Hace unos días encontré en la biblioteca “Crónicas de la República de Cuba”, un libro de la profesora Uva de Aragón que recoge una serie de artículos periodísticos dedicados a nuestro Centenario Republicano. Aunque no son pocos los libros publicados en el exilio que abordan la República, desconocía la existencia de una síntesis de esta naturaleza, escrita sin pretensiones de estilo, con el propósito de la objetividad y el equilibrio.

Me entusiasma su hallazgo porque soy parte de una generación condenada a aprender una historia que se subordinaba a la ideología imperante hasta en los más mínimos detalles. En esos estudios la etapa que correspondía a la República era la más maltratada de todas. Uno de los símbolos más elocuentes de ese maltrato son los zapatos de Don Tomas Estrada Palma, lo único que quedó de su estatua en la Avenida de los Presidentes. La furia iconoclasta se encargó de destrozar estatuas mientras la “intelligentsia” revolucionaria reescribía una historia que padecimos sistemáticamente en las escuelas y en los medios de difusión masivos.

Aquellos textos de Secundaria y Pre-Universitario hablaban siempre de la “República Mediatizada”, “Neocolonia” o “Pseudo-república”; en ellos la gestión de nuestros presidentes se reducía al “entreguismo” y a la “botella”. Estos enfoques repetidos hasta el cansancio han dejado huellas: los he vuelto a escuchar en boca de amigos y conocidos, muchos de ellos contrarios al régimen desde su más temprana juventud pero intoxicados, muy a su pesar, por la propaganda; como dice el viejo adagio: “Calumnia que algo queda”.

En las páginas de “Crónicas de la República de Cuba” podemos ver que el “anexionista” Estrada Palma sólo autorizó dos de las cuatro bases militares que pretendían los norteamericanos, llevándose a cabo la construcción de una sola. Que a pesar de la corrupción en el gobierno de José Miguel Gómez, el país se modernizó y la economía creció de forma notable; que hubo prosperidad en el mandato de Alfredo Zayas y que nunca antes se habían respetado tanto las libertades como en el gobierno de ese político.

Una de las cuestiones más importantes de esta primera etapa siempre se soslayaba en nuestros planes de estudio: un país destruido por una guerra larga y cruenta logró recuperarse de un modo asombroso.

Esta crónica también nos invita a meditar sobre las contradicciones de nuestra historia, que no son pocas, un ejemplo de las mismas lo encontramos en el gobierno del Presidente Mario García Menocal , conocido como el “Mayoral” por su gobierno de mano dura y su talante conservador, lo que no impidió que durante su mandato las mujeres y los obreros obtuvieran reivindicaciones y triunfos.

Brinda la autora especial interés al Partido de los Independientes de Color (PIC) y a la llamada “Guerrita de los Negros”, llamándonos la atención sobre la crueldad de esos días. La discriminación racial es una herida que permanece abierta en la sociedad cubana, más aún desde que se instauró esa dictadura de blancos que rige los destinos de Cuba.

Reaparecen con otro rostro Machado, Mella, Guiteras, Grau, Mañach, Carlos Prío y otros, hombres que fueron enaltecidos o denigrados según las conveniencias de la mitología revolucionaria. Se valora con acierto la Constitución del 40, paridora de esperanzas y frustraciones, auspiciada por Fulgencio Batista, el hombre que no guardó el jacket y cometió el costoso error del 10 de Marzo. No falta la mención del Profesor García Bárcena, filósofo y poeta, quien planeó tomar la Fortaleza de Columbia con un grupo de jóvenes, anticipándose, en la locura revolucionaria, al día aciago del Cuartel Moncada.

Termina esta obra con un justo reconocimiento a los historiadores de la Isla, aquellos que han intentado, a pesar de las limitaciones, una nueva mirada a nuestra historia reciente. Falta, en este reconocimiento una mención a los considerables esfuerzos de la Iglesia Católica –patentes en infinidad de publicaciones y múltiples eventos- por redimensionar la experiencia republicana.

En el libro de Uva podemos descubrir que a pesar de las grandes dificultades que enfrentamos despues de una larga guerra por nuestra independencia, a pesar de nuestras miserias y de los errores que cometimos, no fueron pocas las ocasiones en que  hicimos bien las cosas, no pocas tampoco ni menos meritorias, aquellas otras en que hicimos lo mejor posible.

Uva de Aragón nos dice que la República es la gran desconocida, nos invita a aprender de la misma, ella sabe que la historia no se escribe en blanco y negro; por eso su crónica acentúa los matices y deja más preguntas que respuestas. Su libro me reafirma en la idea de que los jóvenes, y los que vamos dejando de serlo, tenemos la responsabilidad de indagar, de redescubrir la historia que arbitrariamente nos fue negada. En esas lecturas que nos ocultaron vive la República, un proyecto interrumpido, inacabado, un proyecto que debe realizarse alguna vez “con todos y para el bien de todos”.

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