Por Eduardo Mesa
Cuando España mandó tropas a Irak las turbas comenzaron a gritarle asesino al presidente. Después vino el desastre ecológico del Prestige y ante el derrame del crudo, otra vez se escucharon los gritos. Asesino, asesino: le gritaban con furia al presidente Aznar, acaso algún chamán de la izquierda española había vaticinado la matanza de Atocha y los muchachos de la calle Ferraz sabían a quien culpar.
Pobre presidente, le gritaron sin merecerlo y todavía le gritan. Aznar, el hombre que trajo prosperidad, que gobernó a España con firmeza pero respetando escrupulosamente la democracia, el hombre que acorraló a ETA, que desafió a los nacionalismos de ficción que dividen a España, le ha tocado pagar un alto precio por su coherencia y su carácter.
Vivimos en un tiempo en que el carácter es algo ajeno a los políticos. El carácter no consigue votos y los políticos se parecen cada vez más al relaciones públicas de una tienda por departamentos. Rodríguez Zapatero, el actual presidente español hace gala de una sonrisa inexpresiva, vacía; el pudo ser un funerario exitoso o el gerente del Corte Inglés de Goya, pero escogió meterse en política y ahora gobierna a España, pacta con los terroristas una tregua fantasma y nadie le grita asesino.
En España los socialistas son muy consentidos, se les permite casi cualquier cosa. Ellos han negociado muchas treguas con ETA y saben que no hay tregua, que los terroristas no quieren la independencia, sino el sometimiento de la sociedad y la disolución del Estado Español. Saben que no lo conseguirán en las urnas y recurren al chantaje y al habitual cóctel de pólvora y de sangre.
En España los ciudadanos pagaban para recibir un tiro en la nuca. Batasuna, el partido al servicio de ETA y toda su órbita, se beneficiaba de los impuestos que pagan las víctimas. Batasuna contribuía con información, dinero, refugio, armas, contactos y aseguraba representatividad para la causa etarra en el territorio español y en el extranjero. El gobierno de Aznar hizo valer las leyes y Batasuna fue ilegalizado y comenzó el ocaso de ETA y parecía que la pesadilla iba a terminar.
Pero los socialistas, tan generosos con el dinero ajeno, han tejido en el tiempo alianzas poderosas y controlan la tupida maraña de un funcionariado que incluye mandos de la policía, la guardia civil, el Centro Nacional de Inteligencia y otros espías y videntes que pululan por las cañerías de Ferraz. Por eso sabían a quien culpar por la matanza de Atocha -nadie conoce mejor la eficacia del miedo que la izquierda- y el gobierno de Aznar, instalado en la suficiencia del que ha hecho bien las cosas, era un gobierno ciego, que veía por los ojos de otros.
Pobre España de gobiernos ciegos. Ahora resulta que los mensajes de esta tregua, de este proceso de paz curricular llegaban a la pandilla etarra a través de oficiales cubanos. Ellos revisaban la sintaxis de Rubalcaba, pulían su estilo.
A Zapatero, el hombre de la sonrisa estática, no le alcanzan los fontaneros de Ferraz, ni los leones de Felipe para sus acrobacias y necesita los amanuenses del castrismo.
ETA rompe la tregua, casi me hecho a reír cuando lo supe, pero me duele España.
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